En mis sueños siempre es mejor: puedo hablarte sin temor, contarte una historia o leerte fragmentos de un libro mientras te arropo y consiento para que después me mires a los ojos, sin buscarlo yo; entonces me tocas y sonreímos en complicidad, decidiendo filmar el cortometraje que el maldito destino apabulló siempre. Y mira que lo creamos bien; un tanto romántico, un tanto cruel, como nos gusta en el cine, en la escritura y en los besos que te pienso dar, cuando de mis ojos haga una lenta y oscura transición -Deberías verlo, te gustaría-. Así que por ello me voy a soñar -a ver si te veo, acaso más cerca, más real, más mía.
domingo
martes
No hace falta
No me falta querer para recordar. Cuando leo no me hace falta asociar palabras que has gesticulado o escrito con las que estoy percibiendo; en la noche no me es necesario asociar la melancolía con tu exquisita tristeza, con tus quejas. Cuando miro arriba, al cielo, a las estrellas, bueno, eres tú en totalidad, yo no tengo nada que ver.
Lo que intento decir es que cuando interceptas mi funcionalidad cerebral y te apareces en mi mente, es como si utilizaras mis ojos para proyectar tus mensajes fuertes, hacia la pared rugosa del frente, un poco húmeda pero tal humedad desaparece con la imagen, tu figura, tus palabras.
No me falta querer recordarte, puesto que no hace falta asociar, ni pensar casi, a voluntad.
No, no... Lo demás es redundancia.
No, no... Lo demás es redundancia.
jueves
Ausente
Cuando llueve te pueden pasar tantos pensamientos por la cabeza como las mismas gotas que alcanzas a detallar, mirando hacia afuera, por el ventanal. Cuando llueve crees sentir lo que nunca nadie pudo haber sentido; las melodías retumbantes, que si te llegas a concentrar, puedes introducirte en un pasaje secreto en donde todo se sabe, todo se quiere, todo se siente. Cuando llueve, decía, pasan muchas cosas por tu mente. Así que tanto piensas y piensas en divagar y divagar que no piensas ni divagas; mueres.
Te cuento esto porque como cuando llueve, yo me relajo mucho y me evaporo -dejo de pensar y solamente siento-; siento tu presencia, y al igual que una pieza de Jazz de bajo tono en fino restaurante, siento que unas cuantas quejas y agrios gestos sobornan tu dulzura de voz y rostro, no dándome otra opción sino perderme en lo que alguna vez fue; cuando no necesitábamos hablar para conversar.
Quisiera
Sé que estás triste, un poco desilusionada, pero aun así te quisiera decir algo que quizá anhelas escuchar: te quisiera decir que soy mejor con la escritura que con mi voz; que con las palabras escritas puedo ir lento y rápido al mismo tiempo; que también puedo ser ordenado y profundo. Y aunque sea una simple justificación, lo contrarresta notablemente, ¿no es así?
Esa insatisfacción que tienes luego de interactuar conmigo cara a cara, después de venir con una gran esperanza y deseo... Deseo de encontrar en mi voz, en mi material fonológico, algo que te completara, que te curara... Algo que se ajustara a tu ser en totalidad, como si de verter tu café se tratara... En tu taza preferida. Después de eso sólo me queda por desear explicarte que soy muy capaz de hacerte feliz, muy feliz.
Pero soy yo; no soy nada de lo que quisiera decirte que soy; no soy tu personaje de libro favorito, ni seré jamás lo que necesitas. Te digo esto porque a pesar de todo lo que pasó, tus ojos todavía se iluminan cuando me ves, y eso me hace pensar que algo está mal, que no me conoces bien.
miércoles
Prohibido descifrar
Ella se sienta sobre mi regazo, y me trata de explicar con claridad, no exenta de cuidado, con el fin de no herirme, para no dañarme, sicológicamente. Me dice, en resumen, que el ser humano es un organismo muerto. Me dice, con algo de llanto, que ella no entiende cómo yo puedo sentirme tan vivo, ser tan sabio, sentirme tan apasionado, en un lugar tan árido, tan poco ameno.
-Enséñame, por favor -me implora, con mucho cansancio, con algo de rendición-. ¡Tengo que vivir! Escucha, ya me cansé de pretender reír... y cuando lloro, no sé si lloro por tristeza o por no saber llorar.
-Tranquila, Laura -le digo, para calmarla, porque algo tengo que decirle-. La vida no es lo que ves. Mira -abarco sus manitas con las mías-, si algo he aprendido, es que cuando caes en pensamientos de desesperación es justamente cuando te despiertas, te concientizas... Es cuando abres los ojos. Para vivir la vida... -suelto un suspiro ahogado, luego miro a la pared del frente, a mis pinturas de óleo, a mis mariposas con colmillos, a mis personajes que parecen que hicieran un desmesurado esfuerzo por hacer contacto visual conmigo, para preguntarme por qué; que por qué los dibujé, que por qué viven para ser esclavos, sin libertad, dentro de un pedazo de tela ínfima, incómoda-, para vivir la vida -retomo- tienes que dejar de considerar la realidad, la existencia, la materialidad; tienes que inventar tu propia historia, tus personajes... Debes inventarte a ti misma, porque es que, querida mía, esa realidad, las personas, esa condición humana, esa materialidad; esa silueta descolorida que sientes que es la vida... Bueno, no es más que una inmundicia, en el sentido más maravilloso e incomprensible para los humanos.
Y me doy cuenta, justo ahora, que tener la intención de describir la vida es lo más inútil que hacemos, mientras la creamos, mientras nos morimos en el intento.
domingo
Utilidad vital
Estoy en mi lugar de trabajo, son las diez y treinta de la mañana. Y estamos por cerrar la jornada matutina. Se me acerca mi compañero, el que atiende la caja cuatro, usualmente; yo atiendo la tres, sí, yo también soy cajero.
-Te odio -dice. Te odio y te desprecio, sólo quería que supieras eso. Bueno, no..., la verdad que no es sólo eso -susurrando-, te lo pongo así: más allá de cualquier capacidad de análisis, te desprecio, profundamente. Sé que mi capacidad de expresarme es lamentable, y que mi léxico no alcanza a hacer contacto con lo que trato de informarte, pero te aborrezco, ¿¡entiendes!? ¡Te he odiado desde que llegaste aquí y te odiaré por siempre!
Se detiene, toma un sorbo de agua, se seca el sudor de la frente con su pañuelo, se reincorpora; se dispone a atender al próximo usuario. -¡Siguiente! -dice.
-Te odio -insiste. ¡Maldita seas, te odio! -hace brinco en su asiento, de la ira, de la frustración, del enojo- ¿Pero sabes una cosa, hijo de la remil puta? te lo agradezco. Odiarte me ayuda, día tras día. Es como una motivación, motivación a mejorar. Odiarte se ha convertido en mi razón de ser; es mi motorcito, mi energía. ¿Ves lo que te digo? Ahora me levanto sonriente, pongo la radio, me preparo el desayuno; cosa que no pasaba en años, ¿me entiendes? ¡¡¡en años!!!
Por muchos meses consideré matarme, pegarme un tiro y acabar con toda esta basura, hasta que llegaste tú a este puesto de perrería, y me salvaste la vida. ¿Entiendes? ¡¡¡me salvaste la vida, hijo de puta!!!
Regresa a su asiento, se ajusta la corbata, con un desacostumbrado frenesí; se dispone a seguir con su trabajo.
Y ahora lo sé, por dios que sí, lo hermoso que se siente ser imprescindible.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)