Estoy en mi lugar de trabajo, son las diez y treinta de la mañana. Y estamos por cerrar la jornada matutina. Se me acerca mi compañero, el que atiende la caja cuatro, usualmente; yo atiendo la tres, sí, yo también soy cajero.
-Te odio -dice. Te odio y te desprecio, sólo quería que supieras eso. Bueno, no..., la verdad que no es sólo eso -susurrando-, te lo pongo así: más allá de cualquier capacidad de análisis, te desprecio, profundamente. Sé que mi capacidad de expresarme es lamentable, y que mi léxico no alcanza a hacer contacto con lo que trato de informarte, pero te aborrezco, ¿¡entiendes!? ¡Te he odiado desde que llegaste aquí y te odiaré por siempre!
Se detiene, toma un sorbo de agua, se seca el sudor de la frente con su pañuelo, se reincorpora; se dispone a atender al próximo usuario. -¡Siguiente! -dice.
-Te odio -insiste. ¡Maldita seas, te odio! -hace brinco en su asiento, de la ira, de la frustración, del enojo- ¿Pero sabes una cosa, hijo de la remil puta? te lo agradezco. Odiarte me ayuda, día tras día. Es como una motivación, motivación a mejorar. Odiarte se ha convertido en mi razón de ser; es mi motorcito, mi energía. ¿Ves lo que te digo? Ahora me levanto sonriente, pongo la radio, me preparo el desayuno; cosa que no pasaba en años, ¿me entiendes? ¡¡¡en años!!!
Por muchos meses consideré matarme, pegarme un tiro y acabar con toda esta basura, hasta que llegaste tú a este puesto de perrería, y me salvaste la vida. ¿Entiendes? ¡¡¡me salvaste la vida, hijo de puta!!!
Regresa a su asiento, se ajusta la corbata, con un desacostumbrado frenesí; se dispone a seguir con su trabajo.
Y ahora lo sé, por dios que sí, lo hermoso que se siente ser imprescindible.
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