miércoles

Prohibido descifrar

     Ella se sienta sobre mi regazo, y me trata de explicar con claridad, no exenta de cuidado, con el fin de no herirme, para no dañarme, sicológicamente. Me dice, en resumen, que el ser humano es un organismo muerto. Me dice, con algo de llanto, que ella no entiende cómo yo puedo sentirme tan vivo, ser tan sabio, sentirme tan apasionado, en un lugar tan árido, tan poco ameno. 
     -Enséñame, por favor -me implora, con mucho cansancio, con algo de rendición-. ¡Tengo que vivir! Escucha, ya me cansé de pretender reír... y cuando lloro, no sé si lloro por tristeza o por no saber llorar. 
     -Tranquila, Laura -le digo, para calmarla, porque algo tengo que decirle-. La vida no es lo que ves. Mira -abarco sus manitas con las mías-, si algo he aprendido, es que cuando caes en pensamientos de desesperación es justamente cuando te despiertas, te concientizas... Es cuando abres los ojos. Para vivir la vida... -suelto un suspiro ahogado, luego miro a la pared del frente, a mis pinturas de óleo, a mis mariposas con colmillos, a mis personajes que parecen que hicieran un desmesurado esfuerzo por hacer contacto visual conmigo, para preguntarme por qué; que por qué los dibujé, que por qué viven para ser esclavos, sin libertad, dentro de un pedazo de tela ínfima, incómoda-, para vivir la vida -retomo- tienes que dejar de considerar la realidad, la existencia, la materialidad; tienes que inventar tu propia historia, tus personajes... Debes inventarte a ti misma, porque es que, querida mía, esa realidad, las personas, esa condición humana, esa materialidad; esa silueta descolorida que sientes que es la vida... Bueno, no es más que una inmundicia, en el sentido más maravilloso e incomprensible para los humanos.

     Y me doy cuenta, justo ahora, que tener la intención de describir la vida es lo más inútil que hacemos, mientras la creamos, mientras nos morimos en el intento.

domingo

Utilidad vital

     Estoy en mi lugar de trabajo, son las diez y treinta de la mañana. Y estamos por cerrar la jornada matutina. Se me acerca mi compañero, el que atiende la caja cuatro, usualmente; yo atiendo la tres, sí, yo también soy cajero.
     -Te odio -dice. Te odio y te desprecio, sólo quería que supieras eso. Bueno, no..., la verdad que no es sólo eso -susurrando-, te lo pongo así: más allá de cualquier capacidad de análisis, te desprecio, profundamente. Sé que mi capacidad de expresarme es lamentable, y que mi léxico no alcanza a hacer contacto con lo que trato de informarte, pero te aborrezco, ¿¡entiendes!? ¡Te he odiado desde que llegaste aquí y te odiaré por siempre!
     Se detiene, toma un sorbo de agua, se seca el sudor de la frente con su pañuelo, se reincorpora; se dispone a atender al próximo usuario. -¡Siguiente! -dice. 
     -Te odio -insiste. ¡Maldita seas, te odio! -hace brinco en su asiento, de la ira, de la frustración, del enojo- ¿Pero sabes una cosa, hijo de la remil puta? te lo agradezco. Odiarte me ayuda, día tras día. Es como una motivación, motivación a mejorar. Odiarte se ha convertido en mi razón de ser; es mi motorcito, mi energía. ¿Ves lo que te digo? Ahora me levanto sonriente, pongo la radio, me preparo el desayuno; cosa que no pasaba en años, ¿me entiendes? ¡¡¡en años!!!
Por muchos meses consideré matarme, pegarme un tiro y acabar con toda esta basura, hasta que llegaste tú a este puesto de perrería, y me salvaste la vida. ¿Entiendes? ¡¡¡me salvaste la vida, hijo de puta!!! 
     Regresa a su asiento, se ajusta la corbata, con un desacostumbrado frenesí; se dispone a seguir con su trabajo.

     Y ahora lo sé, por dios que sí, lo hermoso que se siente ser imprescindible.