El cantante de esas bandas siempre famosas pero que nunca había escuchado de ellas hasta el momento, -¡porque es que hay tantas!, porque sus nombres raros me hacen olvidar, o porque escuché hablar de ellas alguna vez y las olvidé por mi extraña memoria y su mecanismo de descarte, o tal vez por la misma razón que no sé cómo carajos "Bordeaux" se pronuncia "Bordó" en francés-; manifiesta que ha dejado su adicción a la cocaína, que la ha dejado, que la rehab fue, sin dudas, todo un éxito y que estaba muy contento de saber que podía una vez más vivir en tranquilidad, sin sustancias que le dieran momentos de tristeza.
-Ahora me siento muy bien -dice-, pero hay algo que no dice.
Cuando un ser humano interrumpe el contacto con alguien o con algo que logra ser su fuente de atracción -que por algo se toma como atractivo, porque uno puede llegarse a sentir atraído; porque es atrayente, deslumbrante, fascinante, aunque no se considere en realidad fascinante por sus precarios beneficios a la salud, esa fuente de atracción que puede modificar el organismo, que cambia la realidad por surrealismo, que proporciona ventilación y brillo a la vida de un animal complejo como el humano-, despedirse de esa fuente de placer es como separar a dos personas que han experimentado muchos buenos momentos juntos, es como despedirse de tu mejor amigo, es como dejar de consumir.
Cuando eso pasa siempre queda un rictus, una fea y triste mueca que tienes que disimular bien porque acabas de dejar de consumir cocaína. Te sientes mucho más triste que bien.
