He de reconocer que mi memoria es muchísimo mejor que muchas memorias de personas que tienen la capacidad de memorizar 20 números diferentes en un orden que se asemeja a una larga capicúa. La mía es todo lo opuesto a rutinaria; ella es como la tierra y sus derivados fantasiosos llamados noche y día. Cambia y toma color de madrugada y logra descifrar el misterioso polvo surfeando en aire blanco y negro, sobre partículas de agua y piel muerta, sobre mí, sobre todo, sobre absolutamente nada. Esa es mi memoria.
Cuando quiere se puede convertir en fotografía, en libro y en alfabeto cirílico. Es larga y profunda, es imaginativa y bastante confusa. Es mi diario de vida con sus tachados sobre, tal vez, algún encuentro siniestro de mí, el rostro más lindo de todas y todos y el olor a rosas casi marchitas junto con mi larga espera. No sabría contarte cómo fue, pregúntame mientras duermo.
Mi memoria está sobre un terreno irregular. Tiene subidas y bajadas dentro de una bola falta de contener fuerza de gravedad. Escaleras ascendentes y descendentes acompañadas de sonrisas, de nervios insoportables de entrar al colegio un lunes, martes y miércoles en la mañana; y de olores a álbumes de pokemón.
Cada 31 de diciembre a las 11:59 pm, años pasan en hilera, son blancos con bordes negros. El número 1 tiene a su izquierda un charco de frustración porque su compañero de viaje número 0 quedó al otro lado del mar, los separa un delicada linea áspera, es tétrico y da escalofríos, es ambigüo pero gracias a mi hermosa memoria, la mejor del mundo, puedo saber que mi número 4 siempre ha sido y será de color púrpura.
Eres muy dolorosa y poco amistosa; eres cruel y perversa. Y aunque no logres proveerme muchos de mis errores dejándome en ridículo por no saber qué pasa, gracias por todo, memo.
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