lunes

Mi mundo animal

Hoy recuerdo haber visto a un insecto desconocido refugiándose entre manitas y dientes ajenos, cubierto de una humedad fría y amenazadora.

Mi gata.

Él saltaba, se movía, chapoteaba para poder vivir. Se había convertido en postre sin haberse dado cuenta. Mi gata no le dolía detallar tal barbarie, lo disfrutaba como su primer bocadillo. El insecto evaporaba dolor y angustia. Ella meneaba su cola peluda de un lado a otro mientras disfrutaba del agite de su entretenimiento. Al cabo de varios segundos de sufrimiento y emoción, de repente, no hubo más interés de mi gata por su dulce amigo agrio; ya no se movía, había sido completamente destrozado por las garras y colmillos de otro organismo vivo a quien yo llamo mi inocente gata llamada Cristal. 

Yo nada más observaba. 

Me comencé a sentir mal, muy mal. Tan mal que de un momento a otro se me debilitaron las piernas. Me sentía sucio, cómplice, enemigo, competencia. Me sentía tranquilo y a la misma vez quería correr lejos de semejante depredador a mis pies. Sosegarme con pensar que aquella representación voraz unilateral  era tan sólo naturaleza, la misma que me enseñaron durante todo el colegio, la misma que hablaba de los delfines y su placer por el sexo y de cómo una mantarraya mataría a mi personaje favorito, me asustó inclusive mucho más.

Luego de pensar por unos minutos en si debí haber salvado al maldito insecto llevado por el demonio, me relajé, entendí. Había entendido que no había nada que yo podía hacer. Mi gatita estaba satisfecha y reluciente. Sé que no es de raza porque me han dicho, y aunque todavía no sé ni mierda acerca de gatos salvo que la rompen durísimo cuando de expresar su amor a su pareja se trata, y que por culpa de los aquellos gemidos melodiosos a veces no puedo dormir de noche... su mirada de retadora ambiciosa me decía que no debería nunca más confiar en ningún gato. Para ese momento sabía que mi gata no tenía ni un pelo de inocente, y con tan sólo 3-4 meses de edad ya quería revolcarse con su Romeo bien arriba en el tejado. 

Ahora se parecía más a un cucarrón, pero era grandísmo. Una pata aquí y otra allá, me acerqué con cuidado y miedo porque pensaba que a pesar de tal experimento de tortura iba a moverse y hacerme brincar y gritar empedernido por toda la casa. Así soy yo; una completa hueva con cualquier cosa que tenga superficie blanda, oscura, o de colores vivos y con pelos. 

El punto es que no se movió. Me hizo pensar en todo un proceso de metamorfosis. Quería leer "La metamorfosis" de nuevo, pero temía encontrar en alguna página del libro algún párrafo con alguna oración la cual plasmara alguna palabra relacionada con los gatos y su poder misterioso de transformar los humanos en bichos para después matarlos y así apoderarse del planeta tierra. Ahora pensaba en quién podría haber sido ese cucarrón sobre mi palma desnuda. Ya no tenía miedo, sólo quería observar minuciosamente el cuerpo de mi posible próxima  reencarnación. 

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