La similitud del pensamiento de un joven y el de un viejo es grande, pero tendemos a creerle más al viejo. El efecto de tener una opinión con mayor credibilidad sobre la opinión de la persona joven está directamente proporcional al grado de objetividad, o sea, qué tan realista eres, y esto conlleva a tratar con qué tan pesimista eres. Verás, un joven está inmerso en sueños y metas por alcanzar; un viejo vive con un vacío, con ganas de vivir pero a la misma vez con ganas de acabar con todo. Cuando uno crece, entre más uno aprende, se da cuenta que esa linda esperanza verde es escasa, casi para todos y para todo... Es casi inalcanzable. Así hayas logrado todo, siempre sentirás una masa parecida al cáncer, a un tumor, pero es la frustración haciendo metástasis. Entonces la masa humana se identifica con las opiniones del viejo, que no son bonitas, no obstante, realistas.
Pasa que cuando uno es joven, todavía joven, o medio joven, uno está sujeto a esta clase de ideales que me hacen pensar en un sorbo de vasito lleno de leche casi rebosado, o en un 0-1 en contra en primer tiempo; todo parece tener solución, todo se ve mejor sólo porque apenas comienzas el truco, la vida, el intento.
Cuando uno es joven y feo, siempre está la posibilidad de ser sabio, ¡y qué mejor que ser sabio! Cuando uno es lindo, bruto pero joven, nada está tan mal como parece; todo tiene solución, de la nada piensas que tienes la razón.
Entonces compartes pensamientos con entusiasmo, y lo sigues haciendo, hasta que un día te das cuenta que a medida que pasa el tiempo y envejeces todo pierde brillo; te das cuenta que al pasar los años todo se reduce a ser o no ser joven. Un día, de la nada, no te importa ser sabio, porque si algo en esta vida es evidente es que, al aprender un poco más, se anhela mucho más, y eso pudre, también agota, y por supuesto... te hace sentir viejo.
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