sábado

Cinco mil pesos

En el restaurante de la avenida diecinueve, toca la guitarra un chico de unos once años; no canta bien, toca formidable. La mesera me trae un café en leche con galletas de chocolate. Es realmente hermosa, es despampanante. Advierto sus delicados rasgos faciales, su cabello negro y brillante. Percibo sus delicadas manos y sus largos y bellos pies en sandalias marrones. Sonríe, se me eriza la piel. Voz suave, mirada desestabilizadora. 
-No tengo idea sobre quién seas, nunca te había visto en mi vida, lo que único que sé, sin embargo, es que quiero irme contigo, a alguna parte, donde sea, no importa. Puedes dedicarte a la cocina, o puedes estudiar psicología, tal vez tengas inquietud por la música o la pintura; quizás sepas cantar. Vayámonos a la costa, arrendemos un apartamento. Quiero verte en casa, que abramos una botella de vino en el anochecer, mirando las estrellas parpadear. Quiero amanecer contigo, quiero verte sobre mi cama arropada con sábanas cálidas de seda. Quiero prepararte el desayuno, deseo llevártelo a la cama. Quiero verte envuelta en una toalla al salir de la ducha; quiero componerte canciones con mi guitarra, quiero dedicarte poemas, quiero escribir un libro acerca de nosotros, de los dos, de ésto. Quiero hacerte muy feliz, no sé, eso pasa, que de la nada sale lo mejor; esto puede funcionar -Le dije, mirándola seriamente, mirándola con deseos y ganas incontrolables de vivir, de sentir; de renacer. Nunca antes me había pasado; era  tan hermosa que no lo pude evitar.
-Son cinco mil pesos.
-¿Qué dices?
-Un café en leche y cuatro galletas de chocolate; cinco mil, por favor.
En ocasiones, un cuaderno y un bolígrafo son la única manera de esconderse, de perderse, de soñar. 

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