"Estoy muerto, me has matado" -Fernándo
Iba dando pequeños saltos por la plaza, preocupado y alegre; no tenía boca, no tenía ojos, sólo tenía unas medias rotas y estaba sin ropa interior. Estaba avergonzado, estaba feliz. Me di cuenta que me gustaba estar en exhibición, mostrar mis partes íntimas y reírle a todos, reírles sin boca ni ojos. Me di cuenta, también, que me gustaba tirar la piedra y esconder la mano, o rozarles mis partes íntimas, también.
Iba dando pequeños saltos por la plaza, preocupado y alegre; no tenía boca, no tenía ojos, sólo tenía unas medias rotas y estaba sin ropa interior. Estaba avergonzado, estaba feliz. Me di cuenta que me gustaba estar en exhibición, mostrar mis partes íntimas y reírle a todos, reírles sin boca ni ojos. Me di cuenta, también, que me gustaba tirar la piedra y esconder la mano, o rozarles mis partes íntimas, también.
Desperté, abrí los ojos, eran las cinco de la madrugada -aunque acá termina de ser madrugada precisamente a la cinco, porque la gente entra a trabajar y estudiar todavía con el resplandor de la luna en sus espaldas, y esperan que uno se concentre-. Me sentía agitado, malhumorado, tenía una erección, de esas de adolescencia un domingo a las nueve de la mañana, me sentía joven, me sentía bien, mejor.
Esperé a que la alarma de mi celular se activara, a las 5:05 am, me había ido a la cama cinco minutos tarde, tenía que reponerlo, porque en esos cinco minutos finales es que uno se siente mejor, es cuando uno finalmente está por besar a Rosalina, después de ser su guardaespaldas por siete años y sufrir la muerte trágica de la esposa de uno, y ella, finalmente, se da cuenta que uno es el indicado. Entonces se acerca, lo mira a uno, sonríe, y su bello rostro blanquecino, luego, por supuesto, se transforma en mi ex esposa, porque, claro, es hora de despertar, es hora de sufrir, otra vez, otro día más.
Traté de calmarme, sabía que iba a ser un día largo, tenía muchas cosas por hacer. Sabía de mi enfermedad, sabía que debía cerciorar el grifo de la ducha cuatro o cinco veces, dependiendo de mi ansiedad, como también la puerta de la nevera, por eso tomaba agua en el trabajo, porque me daba mucho miedo la nevera, era tan frágil, no creo que se pudiera cerrar por sí sola. Y mis reportes a entregar, mis papeles, mis llaves, mis lapiceros, mis colores; también mi soga, mi sillón y mis ganas de acabar con todo.
Estoy muerto, pero tú sabes que viví y soporté tanto tiempo, hasta ahora; y sabes muy bien, que es imposible terminar con mi vida por medio de mis inútiles intentos, y porque no me pude suicidar tomé esta decisión. Hoy, a las ocho en punto exactamente, abriste mi puerta, y al hacerlo, automáticamente escuchaste algo muy parecido a la causa de la muerte de vaqueros en esas películas que nos solía gustar ver. Me habrás matado, me mataste. Esta carta, la que lees mientras derramas lágrimas, se convierte en la salvación. Me has salvado, y te has salvado. Ya no tendrás que lidiar con mis duros días de ansiedad.
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